Mi teléfono vibra. He recibido un mensaje, más concretamente es un tuit invitándome a acceder a una web donde se discute sobre prevención del fraude y el uso de la inteligencia como herramienta de prevención y respuesta. El grupo de discusión está liderado por Marcus, sin duda un joven capaz y acostumbrado en la compleja labor de coordinar personas y moverlas hacia un objetivo común.
Mis primeros pasos en el grupo fueron de mero observador, tratando de conocer a mis nuevos compañeros, releyendo distintas aportaciones y poniéndome en situación. Lo primero que me llamo la atención fue que el grupo, que debía de llevar operativo no más de una semana, ya se había canalizado en dos vertientes de opinión. Aspecto llamativo por la juventud constitucional del grupo, su nada desdeñable número de participantes, y su heterogeneidad en perfiles y "expertise". Curiosamente a Marcus este aspecto no parecía preocuparle.
Según avanzaba, o mejor dicho retrocedía, por los post, me iba haciendo una idea de en que momento las distintas líneas de opinión convergían en las dos únicas actualmente existentes. Las aportaciones inicialmente vertidas por los miembros más técnicos se diluían entre las opiniones de los más generalistas provocando el desánimo de los primeros. Por contra, las aportaciones de los profesionales con experiencia en inteligencia militar eran muy valoradas inicialmente, si bien según se iban adecuando a un lenguaje más lejano de la vida marcial, su fuerza y significado también se alejaba poco a poco del original.
Tras pasar varias horas buceando entre los post llegué a la conclusión que, si bien el equipo de trabajo estaba siendo coordinado con precisión y metodología, los resultados a los que se llegaría no estarían a la altura de los que el fantástico equipo de trabajo reunido podría llegar a generar. Decidí en ese momento que mi aportación al equipo no estaría circunscrita al objetivo del grupo, la prevención del fraude a través del uso de la inteligencia global, sino a modelar y tejer los mimbres necesarios para que el equipo en su conjunto pudiera desarrollar todo su potencial.
El primer paso fue hablar con Marcus, él era el coordinador y líder de facto del equipo. El primer escollo fue el idioma. Marcus, alemán de padres alemanes, todos ellos del estado norteño de Hamburgo. Yo, español y madrileño de segunda generación. Si bien ambos hablamos y escribimos con suficiente fluidez y soltura el inglés para nuestro día a día, era plenamente consciente que el primer contacto era vital y requería de sutilezas y cuidados que sólo tu idioma nativo te permite. O trabajábamos codo con codo o al final uno de los dos sobraría en el equipo y por antigüedad y respeto profesional, éste sería yo. Qué difíciles somos las personas!!!.
Nuestras primeras frases estuvieron plagadas de "would", "may", "might", aunque poco a poco fuimos tomando confianza y empezamos a utilizar verbos más directos y ejecutivos. Descubrí que estaba equivocado. Marcus también se había percatado de lo que estaba ocurriendo, si bien no estaba seguro de qué pasos tomar con objeto de no perder lo avanzado. Acordamos analizar la organización del equipo, dejando para una segunda fase el análisis del trabajo realizado.
Organización del equipo
Nos estábamos perdiendo la principal ventaja que las nuevas tecnologías nos ofrecía al poder reunir en la misma sala virtual a reputados profesionales distantes geográficamente. La individualidad de todos y cada uno de ellos, a partir de la cual asentar las bases sobre la que construir.
Todos y cada uno de nosotros tenemos un potencial directamente proporcional a nuestra preparación y experiencia profesional. Somos un mundo en nosotros mismos, el cual, al juntarnos con el resto conformamos un universo multidimensional, tanto en conceptos como en matices, que multiplica por varios órdenes de magnitud el valor del conjunto por separado.
Gestionar las individualidades no es fácil. Las personas no lo son y gestionarlas adecuadamente es más complejo aún. La dirección de equipos requiere del conocimiento de los miembros y en especial sobre sus motivaciones y expectativas. Ya desde el primer momento, cuando se selecciona a los integrantes de un equipo de trabajo es esencial elegirlos no sólo por su currículum y preparación, sino también por su capacidad de trabajo en equipo, de sus dotes en comunicación y sobre todo por sus deseos de compartir y aprender los unos de los otros. Nuestros equipo ya estaba creado y prescindir de alguno de los miembros era todo un lujo que no nos podríamos permitir. La solución: Crear subgrupos de trabajo eligiendo a sus miembros por afinidad en expectativas y compromisos, así como complementariedad respecto a su preparación y conocimiento. Los equipos no deberían únicamente unir sus tareas y metas en un objetivo común compartiendo datos, información, archivos, etc., sino que era necesario hacerles compartir sus conocimientos de modo que se construyese una comunidad real y efectiva. En ese punto es donde conseguiremos un compromiso y una mejora de las competencias; tendremos un equipo de inteligencia colectiva.
Gracias Marcus. Fue divertido y estimulante.
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